Adiós Maradona UN “10” CON LA PELOTA
El genio trasciende las épocas, más aún cuando quedan registros escritos, gráficos, audiovisuales, digitales.
Seguramente eso pasará en el siglo XXII con Diego Armando Maradona, cuando los hombres del futuro vean telepáticamente las jugadas del argentino, las puras y las viciadas, frente a Inglaterra o “La Pérfida Albión” para aquellas naciones que la sufrieron en guerra.
Maradona, el “DIEZ” (DIOS para fanáticos de otra galaxia), marcó toda una época del fútbol mundial, falleciendo un 25 de noviembre a la edad de 60 años por un fallo cardiorrespiratorio.
Buenos Aires se desbordó, Argentina lloró a su hijo, el fútbol quedó en modo eclipse, mientras un grupo no despreciable de gente aprovechó de descargar su rabia, su mala, contra un astro que no era un dios, sino que un simple mortal, un hombre lleno de defectos, miedos, inseguridades.
¿Desde qué ángulo lo juzgamos?
¿Tenemos derecho a juzgarlo?
Ser bueno para la pelota ¿lo inhabilitaba para ser adicto, bebedor, mujeriego, padre de 8 hijos repartidos, comunista?
Algunos vieron su lado bueno, el de tipo solidario, niño, quizás padre, quizás esposo.
A mí me tocó el del crack que se detuvo 10 minutos a conversar en un hotel de Pamplona, España, por el solo hecho de decirle que había viajado desde Chile para entrevistarlo para el Diario La Tercera.
Me tuvo compasión, sin duda, cuando no le contestaba ni las preguntas al Papa en el confesionario. Era el Rey absoluto, el tocado por la varita mágica en el Barcelona. Luego lo sería en el Nápoles italiano y en la Albiceleste, Mundial de México 1986.
Respondió las preguntas tontas o inteligentes que le formulé, tiró la talla frente a la alusión a las chilenas (le gustaban todas), habló de las eliminatorias mundialistas y hasta me tiró un par de puteadas cuando le pedí que ¡repitiéramos! una foto con el diario en sus manos porque no me salió el flash.
Conmigo jugó derecho, como local, y se lo agradecí siempre por esa exclusiva mundial.
Pero no me pierdo entre el hombre y el jugador, uno quizás odiable y otro quizás idolatrable.
Cada cual lo recordará o no, tendrá los atributos éticos, morales, suficientes para lapidarlo o quemarlo o, más santo aún, para “perdonarlo”.
Por mi parte, lo invocaré como un Da Vinci, un Miguel Ángel, un Chagall de la pelotita.
Como un argentino boludo, ¿viste?, que tuvo la deferencia y el talento para dar su nota a un joven, quizás inmaduro y osado reportero que le mintió con aquello que “atravesé el charco” para entrevistarlo por unos minutos.
¡Descansa Diego!, si quieres no más, ya eres grandecito.
“Diego nos hizo sentir la fantasía que genera el ídolo. El ídolo, el mito, la leyenda, hace que un pueblo crea y que lo que hace esa persona somos capaces de hacerlo todos. Por eso la pérdida de un ídolo golpea tanto a los más excluidos, a los más indefensos, porque son los que más necesitan creer que es posible triunfar”
Marcelo Bielsa.









