Foto portada: La quinta fecha de la Sprint Cup llevó su fiesta multitudinaria e inolvidable hasta la zona de María Pinto.
Por Daniel Pérez Pavez
(NOTA de la Dirección : Daniel es un prestigioso periodista nacional que ha trabajado en el Diario La Tercera, Diario Las Últimas Noticias, ANFP y Publimetro. Está tomando sus primeros contactos con el motocicismo y, por ello, le solicitamos que fuera como su primera carrera a la Sprint Cup y que escribiera lo que le parecía el entorno, la atmósfera y el ambiente que rodean a este gran evento. También captó algunas fotografías, pidiendo «prestadas» otras a Alejandro Aguirre González, otro de los jinetes que se han incorporado a la Caballería SMotos)
Dicho esto, vamos con su relato, sin ponerle ni quitarle, aprovechando de situar inmediatamente los links de Ekronos.cl con Resultados de la 5a y penúltima fecha, además del Ranking tras la jornada del sábado 26 de septiembre…

https://www.ekronos.cl/sprint_cup/2026/fecha5_26.htm
https://www.ekronos.cl/sprint_cup/2026/ranking.php
La “música” trepidante de las motos inunda la atmósfera mientras ruedan por un escenario imponente, flanqueado por los cerros melipillanos reverdecidos por la primavera y el añoso tranque Loleo que -a media agua-, acopia historias centenarias de la zona. En la cuesta Ibacache que se desprende de María Pinto, el fundo de Chorombo de la familia Carvajal ofrece el formidable escenario natural para la 5ª fecha de la Sprint Cup, animada por unos trescientos cincuenta pilotos, adultos e infantiles, que se instalan desde temprano junto a sus familias y dejan fluir el día seducidos por una jornada de motores, emociones y afectos.

Semeja una ciudad provisoria que brota con sus carpas, camionetas y bullicio, o acaso un campamento de lujo donde los mayores se divierten y los niños «travesean» al mando de una moto con aspecto de juguete y motor de verdad.
Acaso ninguna otra actividad deportiva transmita esa energía de comunidad que genera la cofradía del Enduro en la Sprint Cup, cada vez que traslada sus emociones del Enduro a una hora de Santiago. Son horas de competición y movimiento permanente, acompañadas por el sol y el polvo implacable, y una serie de rituales que al fin prevalecen sobre los resultados. Los profesionales se relajan y mentalizan a la espera de su turno en la pista ondulante, mientras los chicos se arremolinan en torno al profesor ansiosos por ganar –a la vista de sus padres ansiosos- la primera posición en la grilla de partida.

El profesor Marco Gerbaud y su experiencia con la escuela de pilotos infantiles.
Un campamento bullente
En torno a las aceleraciones y frenos de los bólidos sobre los accidentes del sendero, sin embargo, palpita aquel mundo circundante -con familias, niños y mascotas- que asombra al visitante de ocasión.
Y es que repartidas en amplias hectáreas de terreno se encuentran las tiendas de campaña que otorgan un tinte cosmopolita al paisaje humano. Entre los toldos llamativos de los auspiciadores también destaca la carpa sanitaria, con atención para las emergencias; el sector de los asados, provisto de cientos de kilos de carne a la espera del cierre de la jornada; la zona de los juegos infantiles con castillos inflables para no perder la fantasía; los baños de última generación, y los puntos de promoción de los sponsors de la jornada. En ese campamento de carreras también hay espacio para música permanente, con un locutor (Enzo Chazal) que matiza la fiesta con entrevistas a las figuras, mientras bullen los toldos de los diferentes clubes, el paddock y un estacionamiento para cientos de camionetas.

En esa micro-ciudad palpitante de Los Camperos, hay verdaderos profesionales que articulan la fiesta colectiva.
Y también se sientan a la mesa como acompañantes de sus hijos corredores nombres como el de Francisco Ramdohr, presidente de la Comisión Nacional de Enduro de la FMC, quien aprovecha de explicar didácticamente que “hay una gran cantidad de personas que se movilizan para desarrollar un evento de esta envergadura. Hay que considerar muchos aspecto propios de la organización, como el marcaje del circuito, la seguridad, regular los temas ambientales para tratar de no afectar el medio ambiente, las ambulancias, el cronometraje, todo eso también suma un monto importante. No todo se recauda con las inscripciones, entonces hay que tener apoyo de la empresa privada, pero todos los que están acá aportan su esfuerzo para que estos se haga”. Y enfatiza que “esta competencia es muy valiosa para los pilotos, especialmente en cuanto a velocidad, cuando estamos tan cerca de los Six Days de Portugal”.

El campamento de la familia de las motos también tiene su zona de juegos infantiles.
La fiesta de los niños
La presencia siempre energizante de los niños es un factor que impresiona en la Sprint Cup de María Pinto. Un fenómeno que interpela al destacado técnico Marco Gerbaud, encargado de la escuela de pilotos que acoge un nutrido grupo de futuros cracks. “El tema infantil, no sólo en el motociclismo sino en todos los deportes, está muy escaso ahora. Quizás podríaamos decir que el deporte infantil está casi en extinción, depende mucho de los apoderados. La Sprint Cup es un campeonato que le ha dado una cabida muy importante a los chicos, por eso tienen este segmento de clases infantiles combinados con una competencia, que es muy amigable. Tenemos clases, entrenamientos y después corren, con niños desde 4 o 5 hasta 15 años”.

El profesor recalca que “esto es formativo, pero acá hay niños que ya compiten y es la antesala para pasar a promocionales, a una categoría adulta. Y las motos cambian cuando pasan de categoría. Como sea, todo el ambiente de las motos es muy familiar, sobre todo en regiones. Acá tiene un significado especial pues se trata de fomentar el interés de los niños, las nuevas generaciones”, precisa Marco Gerbaud.

Cerca del crepúsculo, la escenografía se desmonta, las motos se silencian y comienza el éxodo tras una jornada intensa y memorable. El eco de los motores y la música sigue resonando en torno a los cerros y el embalse Loleo como herencia de un festival colectivo. Al fin, quizás desde la memoria histórica y emotiva, con algún resabio remoto del mítico Woodstock, en aquella jornada multitudinaria de julio de 1969, cuando cientos de personas se congregaron en comunidad en una granja de Nueva York impulsados por otros objetivos comunes propios de la época…

Al cierre de la jornada y del esfuerzo sobre la moto, la premiación y el asado son la culminación ideal para un día tan esperado.










